30 de enero de 2011

La Misa entre los 13 y los 17 años

Hasta los doce años la experiencia de la Eucaristía es algo muy limitado. Nuestros padres nos llevan a misa y, si está adaptada para niños, puede resultar atractiva. Se vive la comunidad, hay cantos e intervenciones y los niños no se aburren.
A partir de los dieciocho la Eucaristía es estrictamente una opción personal. Dependiendo de lo que haya sido nuestra formación en la Fe, podemos darle una mayor importancia, recordar experiencias importantes de Dios y aprovechar la celebración para dejarnos iluminar por Dios.
Pero entre los trece y los diecisiete estamos en tierra de nadie. Los padres siguen presionando a los niños para ir a misa, pero ya no les resulta tan atractiva. En nuestro grupo de Bachilleres también son los padres los que les llevan al principio y después van empezando a valorar por si mismos la importancia de celebrar la Eucaristía en comunidad.

Pero son todavía demasiado jóvenes para guardar silencio, comportarse correctamente, prestar atención... Los acompañantes de bachilleres tenemos que hacer verdaderos esfuerzos para no pegarles un grito y tratar de atraerles sin forzarles, reñirles sin que se sientan agredidos. La misa está adaptada a su edad y procuramos rodearla de símbolos que les resulten conocidos. Cada semana se encarga una promoción de prepararla para que vayan expresando sus propias vidas en la Eucaristía y de esa manera conseguir que sus vidas se conviertan en Eucaristía.
Pero todos estos esfuerzos se quedan en nada cada vez que los chavales se van al terminar su reunión y no se quedan a la misa...

Aquí entra la Fe para poder seguir todos los sábados poniendo las fuerzas en el Señor. Estoy convencido de que Él tiene sus propios caminos para enganchar a estos chavales y conectar con ellos en la Eucaristía. No se trata de la edad ni del esfuerzo que hagamos nosotros o ellos, se trata de que el Señor les hable directamente al corazón. Aquellos que dejan un hueco para que les llegue la palabra de Dios podrán tener una experiencia personal de Dios. ¿Serán muchos, serán pocos?...Unos ciento, otros sesenta, otros treinta...
No somos nosotros los encargados de medir el éxito de Dios, cumplamos nuestro deber y dejemos el éxito en sus manos.