19 de enero de 2014

Un privilegio

Así es como lo siento. La gente me pide ayuda y colaboración en las cosas que se me dan bien y yo procuro estar disponible para dar lo que pueda y lo que sepa. Y me siento un privilegiado porque puedo realizar mi vocación ayudando a la gente a rezar con la música.

El sábado pasado me pidieron que dirigiera un pequeño coro improvisado en una misa de acción de gracias por Alba, niña de siete años que nos dejó después de una larga enfermedad. En las últimas semanas los padres y los tíos habían estado rezando al escuchar las canciones del enlace que tenéis a la derecha: Cantos de los Grupos Loyola y ahora querían que la misa fuera alegre y que esas mismas canciones les acompañaran.

Prepararon la misa con mimo incluyendo las lecturas y la participación de los primos, amigos y compañeros del colegio. Llevaron unos globos al altar en el ofertorio que estuvieron toda la misa poniendo la nota de ánimo y esperanza.
Cantamos varias canciones muy sentidas que les resultaban especiales como Sé mi luz de AinKarem o Mi palabra de Nico Montero.
Y de despedida cantamos Color esperanza de Diego Torres con el micrófono apuntando a las niñas del coro, primas y compañeras, que cantaron con mucho sentimiento.
Hubo lágrimas, pero también esperanza; hubo dolor pero mucha fraternidad para compensarlo; hubo pena pero mucha paz.

Al terminar me dieron las gracias por haber ayudado con los cantos de la celebración, pero yo contesté dando también las gracias porque para mí fue un privilegio poder participar en una ceremonia así.

4 de enero de 2014

Misa en Hawai

Me ha llegado un comentario a raíz de la última entrada sobre las misas en el extranjero. Aprovecho para publicarlo aquí porque es emocionante el ver cómo somos muchos los que compartimos sentimientos y creencias.

Aunque ya me parece bastante lejano, una vez estuve en la isla de Maui, una de las islas del archipiélago de Hawái, muy cerca de Molokai. Como mi reunión empezaba el lunes, y yo había llegado el sábado por la mañana para tener un poco de tiempo libre y aprovecharlo, me dí una vuelta por la isla con el coche que tenía alquilado. Así lo hice con bastante interés.

Una de las veces pasé por delante de un edificio que podía ser una iglesia católica, me informé, y me enteré de que el domingo tenían la misa a cierta hora que ya no recuerdo. Al día siguiente estaba yo buscando la entrada en un amplio aparcamiento que rodeaba el templo. La gente acudía a misa y llenaba la iglesia que tenía un buen tamaño. Y no era el único edificio del complejo, había unas dependencias anexas, unidas con tramos cubiertos donde se suponía que estaban despachos, locales, etc. Y ya era la hora.


Empezó la misa y a mi solo me quedó sitio atrás y entre mucha gente. Estaba lleno. Ya no recuerdo los cantos que entonaban pero se veía que lo hacían con gran entusiasmo, la comunión fue masiva, y a la gente se le notaba que lo vivía. A mí, aquello, aquellas gentes de todas clases, en el fin del mundo, y compartiendo la fe, la misa, la comunión, dándonos la paz, me puso un nudo en la garganta y me dio una alegría tan especial, que pocas veces he llegado a sentir. Además, el estar solo en un sitio así, también contribuye a que todo el ambiente te impresione mucho más. Fue realmente emocionante.

Después, a la salida, casi todo el mundo pasaba a uno de los salones a tomar un café y un bollo. Yo me puse en cola y me tomé algo, tan contento. Después se dejaba la voluntad en un cestito y cada uno se juntaba con sus amigos o familiares. Después se repartían por la isla, porque daba la impresión de ser, no sé si la única iglesia, pero posiblemente una de las más importantes de la isla, ya que no estaba muy lejos de la población principal.

 Y todo esto me ha venido a la memoria al leer tu correo desde N. York. Y se me ha ocurrido contarte algo que casi tenía olvidado.

(Recordad que siempre podéis enviarme vuestras opiniones para publicarlas o, directamente, escribir en el cuadro de comentarios).